Mi rincón creativo.

Bienvenido a mi blog llamado: "Mi libro en blanco".
Me presento, mi nombre es Verónica Orozco García, aunque también me puedes conocer bajo el seudónimo Orgav. Soy amante de todo lo creativo: fotografías, ilustraciones, manualidades... Así como la escritura. Me apasiona moldear las palabras junto con los sentimientos para crear historias, eso sí, para todo tipo de lectores, pues me considero una escritura versátil.. Digamos que soy de ese tipo de personas que sueñan despiertas.
Aquí, en mi rincón, podrás encontrar una muestra de todo ello, espero lo disfrutes. Saludos.

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martes, 19 de noviembre de 2013

Confesiones de una vida


Mi querida Ariadna, mi amor,  mi princesita.
 Así te he llamado desde la primera vez que te tuve en mis brazos y a día de hoy, a tus 34 años,  te sigo llamando del mismo modo entre mis letras. Mi princesita, me siento  muy orgullosa de ti.
 Ayer, cuando te vi con la pequeña Irene entre tus brazos, mil recuerdos vinieron a mi memoria. Sentí ese orgullo de madre que jamás pensé que llegaría a experimentar y desde ese momento, vivo en plenitud. En mi memoria quedará grabada para siempre la imagen de mi pequeña con su pequeña, en su pecho desnudo, fundiéndose en un abrazo lleno de silencio y de miradas, lleno de amor. 
Mi querida Ariadna, en mi inmensa alegría, no pude evitar mis lágrimas. Te dije que eran de alegría y emoción, que lo eran, en su mayoría, pero también eran provocadas por otros motivos que desconoces… 
Mi amor, no soy la mujer fuerte y valiente que tú piensas. Y aunque te he criado para que seas lo que eres, una mujer con valores, una mujer leal, generosa, respetable, tenaz… en su día, más o menos con tu edad, yo no era como tú.
A mis treinta años tenía una vida muy acomodada, todo lo que quería, aquello que se me antojaba, lo tenía. No me importaba mucho el sufrimiento de los demás, sólo mi propio sufrimiento. A mis 29 años me diagnosticaron  cáncer de útero. El dinero me permitió acceder a los mejores médicos y poder superarlo sin mayores problemas. Pero el dinero no me pudo  devolver lo que el cáncer me quitó, la posibilidad de ser madre, de sentir una vida en mi vientre.
Sé que estas palabras no hacen más que reafirmar  tus pensamientos hacia mí persona, pero no, mi princesa, no, no soy la mujer que tú piensas. 
Aquel suceso de mi vida me destrozó. Me sumergí en una depresión que casi me lleva a la muerte, me indujo a la anorexia y en varias ocasiones, al suicidio. Por aquella época vivía con el Dr. German Straws, “tu padre”. El  era un hombre generoso, dedicaba su vida, su tiempo y su dinero a los demás y como a todos los ángeles de este mundo, la muerte pronto se lo llevó. Antes de morir consiguió devolverme a la vida, me cuidó día tras días, me lavaba, me daba de comer, me reñía cuando volvía a caer...  Siempre tenía una sonrisa para mí y alguna tontería que decirme para que yo sonriese, ¡Dios, cómo añoro tenerle a mi lado!  Unos meses antes de morir consiguió que entrase a trabajar en el  hospital,  la idea  era  que empezara a motivarme y  a entusiasmarme por la vida. Y así fue, el Dr. German logró su propósito para mí, pero realmente desconocía cual era mi motivación,  el área de maternidad.
 Todas las mañanas, cada vez que podía, me ausentaba de mi puesto de secretaria, para ir a la sala de recién nacidos. Las enfermeras que allí estaban  se acostumbraron pronto a mi presencia y me dejaban entrar a ayudar, lo mismo cambiaba pañales, que daba biberones que acunaba entre mis brazos a alguno de aquellos pequeños.
Pero un buen día, un día que jamás olvidaré, el 18 de septiembre de 1979, entró por las puertas una enfermera con una pequeña preciosa, una niña angelical, de ojos marrones y grandes, de abundante pelo oscuro, con su piel aterciopelada rosa y llena de ese olor a vida.
Escuché a la enfermera decir que su madre había muerto y continuó lamentándose por aquella criatura. Los lamentos de aquella enfermera fueron música para mis oídos, el corazón empezó a latirme con fuerza, mi cuerpo se  inundó de alegría… me sentía como cuando te enamoras por primera vez… o como cuando te dan tu primer beso…  No sé, quizás se asemeje a lo que has experimentado tú, mi niña, cuando sabías que ya ibas a tener a tu pequeña entre tus brazos…
Me fijé en el número que ponía en la pulsera de la pequeña y salí corriendo a buscar al Dr. German Straws y le comenté lo ocurrido incluyendo la confesión de mis escapadas al área de maternidad y le dije que quería que fuese para mí. El Dr. German enloqueció al escuchar mis palabras, sus manos se aferraban a sus pelos implorándome que no le pidiese algo así, pero yo, como mujer egoísta que soy, usé mis lágrimas y mi dolor para que aquella idea loca y descabellada, no fuese tan así. El Dr. German, sabía que si accedía a mi petición, aquello sería el fin de su carrera y  posiblemente de su vida, quizá yo también lo sabía, pero como buena egoísta, no me importó.
No me preguntes cómo fue ni cuánto dinero le costó mi capricho al Dr. German, pero  a la semana siguiente de tu nacer, ya estabas entre mis brazos, en mi regazo…
Espero mi vida, que entiendas lo que te estoy intentando decir y que sepas perdonarme. Sé que no viviré para confesarte estas palabras, no tengo el valor ni la fuerza para decirte que un día te compré sin importarme quien eras ni a quien pertenecías, ni siquiera si había alguien detrás esperando tu llegada.  Mi egoísmo y el dinero me dieron para comprar tu muerte junto con la de tu verdadera madre  y como suplemento pagué la perdida de mi gran amor, el sufrimiento y el remordimiento pararon el corazón de Dr, German, “tu padre”.
A la vista de todo lo acontecido, juré  cerrar la boca y cambiar mi vida para pasar desapercibida, me juré a mí misma que todo  esto sería un secreto que me llevaría a la tumba y que jamás te enterarías. Pero la vida, cariño, te da grandes lecciones, y al ver nacer a tu pequeña, al ser consciente del verdadero amor que  une a una madre con su bebé…  la conciencia no me deja y me obliga a confesar estas palabras que dejo escritas, eso sí,  no me acompaña el valor de dártelas en vida, quizás por no verte sufrir… quizás por no sufrir yo por tu desamor y desprecio, como buena egoísta que aun soy.
“Mamá”
PD.: Te quiere, te adora y te ama, la mujer que un día compró su título de madre.


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