Mi rincón creativo.

Bienvenido a mi blog llamado: "Mi libro en blanco".
Me presento, mi nombre es Verónica Orozco García, aunque también me puedes conocer bajo el seudónimo Orgav. Soy amante de todo lo creativo: fotografías, ilustraciones, manualidades... Así como la escritura. Me apasiona moldear las palabras junto con los sentimientos para crear historias, eso sí, para todo tipo de lectores, pues me considero una escritura versátil.. Digamos que soy de ese tipo de personas que sueñan despiertas.
Aquí, en mi rincón, podrás encontrar una muestra de todo ello, espero lo disfrutes. Saludos.

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jueves, 24 de septiembre de 2015

AQUELLAS MAÑANAS VERANIEGAS DE OLOR A FLORES


De pronto, un olor a flores me sorprendió. Una  agradable sensación de paz embriagaba mi cuerpo, era como estar entre algodones. Me acordé de Nana. Recordé, como si estuviese otra vez allí, aquellos días de verano en los que me quedaba en su casa mientras mis padres salían al extranjero a trabajar. Nana era una mujer de costumbres y rutinas, y yo odiaba las rutinas, me producían monotonía y no me gustaba nada esa sensación. Cada mañana,Nana se levantaba bien temprano, mientras, yo permanecía en la cama haciéndome la remolona y ella se dedicaba a hacer las labores de casa. Aireaba las habitaciones dejando pasar la luz de sol y la brisa mañanera y sacudía las sábanas de las camas. Las hacía volar de un modo mágico, formando bellas montanas en el aire, para después dejarlas caer nuevamente sobre el colchón de un modo casi perfecto. Y en la cocina, hacía sinfonía entre  el ruido de las cazuelas, el correr del  agua de la  pila y el cuchillo que golpeaba de continuo la madera, en el juego acompasado de cortar alguna verdura. Recuerdo  todos aquellos ruidos como si fuesen un concierto, un agradable concierto  lleno de vida.
Cuando me levantaba, Nana tenía preparado mi desayuno preferido, gachas. Unas ricas gachas con coscorrón de pan frito y su aderezo de canela ¡uuummm!  Casi las puedo saborear recordándolas. Después de desayunar nos íbamos al huerto. Allí pasábamos varias horas. Primero recolectábamos la cosecha, tersas berenjenas de un color morado vivo y unos tomates en rama, de un rojo corazón, que tenían un olor fresco. También cogíamos unos prietos pimientos verdes a los que Nana le encantaba preparar fritos  con  unos dientes de ajos y sus granos sal por encima. Las calabazas del huerto siempre  acaparaban toda mi atención. En aquella época yo era una niña muy impresionable y las calabazas eran tan grandes que se  asemejaban a la cabeza de algún ser extraño, quizá a la de algún ogro de los cuentos de hadas que tanto le gustaba contarme a la hora de la siesta. Nana hacía unos pasteles de calabaza riquísimos, pero como yo tenía asociada la calabaza con cabezas de ogros, al principio sentía reparo de llevarme algo así a la boca, pero recuerdo que una vez que lo probaba, era imposible no comérselo.
Tras las tareas del huerto, Nana  baldeaba todo el patio para quitar las heces de los pájaros y de las gallinas que se escapaban del gallinero y cuando menos me lo esperaba, me sorprendía con un chorreón de agua, que pese a estar helada, era muy agradable. Aquello siempre daba paso a una guerrilla de agua en la que no importaba ni la ropa ni los zapatos, todo valía ¡Qué agradable aquellos juegos con Nana! Cuando terminábamos de jugar, casi siempre era del mismo modo, ambas muertas de risa, rendidas y tiradas por el suelo, ella sin zapatillas  y con toda la ropa empapada y yo sin ropa alguna. Entonces Nana se levantaba, se soltaba su larga melena gris y con un cubo, sacaba el agua del pozo y se lo echaba por encima, todo su cuerpo se adivinaba bajo sus ropas mojadas y su melena gris parecía aún más larga. Luego iba al armario del porche y sacaba unas toallas y un bote alargado de color rosa palo. Se acercaba a mí, me liaba en una toalla y luego ella se desprendía de su ropa, dejando todo su cuerpo adulto al aire, ella decía que aquella era la hora de tomar un baño de sol.  Yo permanecía bajo la toalla observándola con gran admiración. Cuando a ella le parecía que ya era suficiente aquel baño de sol, se liaba en la toalla y se sentaba en su hamaca. Después cogía el bote rosa del que emanaba un agradable olor a flores y despojándose de la toalla, empezaba a untarse aquellos polvos por toda la piel.  Era una imagen preciosa. Creo que  fue en esos momentos cuando aprendí lo bello que era el cuerpo de la mujer, lo perfecto que era por cualquier lado que lo mirase. Por aquel entonces no sabía que eran aquellos polvos y se me antojaban mágicos. Cuando Nana terminaba con los polvos, se vestía con una bata de flores que tenía guardada en el armario y me llamaba para cogerme entre sus brazos, y mientras me relajaba en su regazo, ella me contaba alguna bonita historia. Mi cabeza descansaba sobre su pecho, uno de mis brazos siempre quedaba colgado hacia la espalda de Nana y con esa mano jugaba con su pelo, mientas que con la mano que me quedaba libre, podía acariciar la piel de Nana que era suave y fina como la seda y emanaba un olor embriagador. Nana se mecía en su hamaca mientras yo me entregaba a los brazos de Morfeo.

Recuerdo aquellas siestas sobre el regazo de Nana como el momento más relajante y placebo de toda mi vida, quizá por ello tengo tan presente estos recuerdos en éste instante, mis días se acaban, me despido de la vida. No tengo miedo, me voy, lo sé y me siento en armonía.  Noto como, poco a poco, mi cuerpo  se adormece en sus funciones, noto mi corazón  cansado y sé que no quiere trabajar más. No tengo miedo, no hay porqué tener miedo a morir, es lo único seguro que tenemos en ésta vida. Pero estoy triste por Laura, la criatura está aquí agarrada a mi mano suplicándome, entre sollozos, ¡abuelita no te vayas! pero yo no puedo hacer nada más… Me entristece que tenga que pasar por esta experiencia a sus veinticinco primaveras pero hemos vivido muchas cosas juntas, hemos tejido muchos recuerdos juntas que serán todo un regalo para el resto de su vida.  La miro a los ojos  y le pido que no llore, que no tenga miedo, que siempre vamos a estar juntas, pero mi voz es tan débil, que no se si ella me escucha, por si acaso, le sonrío. Siento una paz tan inmensa que no puedo evitar cerrar los ojos por instantes. Al otro lado de mi cama está Nana, es un reflejo de luz, parece celestial. Su melena gris brilla tanto como la última vez que la vi y sigue oliendo a flores, me tiene cogida la otra mano y me dice ¡estoy aquí mi niña bonita!

Orgav. (Verónica Orozco García)
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Relato presentado en:
 PRIMER CERTAMEN LITERARIO ATENEO DE MAIRENA-INÉS ROSALES